domingo, 12 de diciembre de 2010

Una de dos, o de dos una.

La vida me ha hecho apreciar la soledad tanto como la compañía, y sin embargo hay momentos en los que estando acompañada he llegado a sentirme miserablemente sola, sumida en un mar de incomunicación, en un corto circuito social, emocional y afectivo.

Otras veces, (pues como siempre la vida parece divertirse mostrándonos que la realidad se teje de paradojas) estando en una soledad de las más íntimas, me he sentido acompañada, abrazada, conversada, y acariciada por la presencia, los recuerdos y las palabras de aquellos con quienes he compartido momentos de mi vida.

A menudo, cuando visito sin compañía un lugar en el que ya he estado con alguien, ese recuerdo puede hacerse tan presente que casi puedo escuchar la conversación sostenida, sentir los olores y entonces, los sonidos pueden retumbar en mi memoria ensordeciendo todo lo que en el presente pueda estar sucediendo a mi alrededor.

Así, súbitamente, aveces la compañía me es desoladora, árida e infértil, tanto como en otros momentos, la soledad puede perecerme acogedora, cálida y estimulante.

Pero cuando en medio del abrazo de mis recuerdos, regreso a la realidad, en ese paso brutal, un vacío me invade, y es la soledad, prójima, íntima, quien me sumerge en esa companía desoladora, como una serpiente mordiéndose la cola... como esa paradoja que es la realidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario